Día del libro I

Por Diego Margallo

Profesor de Lengua y Literatura.

iesperemariaorts

Tras más de un mes recluidos en nuestras casas, el tiempo, al contrario que el espacio – minucioso, exhaustivo – pierde sus contornos y se hace impreciso. Por eso no viene mal recordar que el próximo jueves, como cada veintitrés de abril, se celebra el Día del Libro. Y ello por un gran equívoco. Pues no, ni Cervantes murió el 23 de abril de 1616 ni Shakespeare hizo lo propio. El autor de El Quijote dio su alma el día anterior, si bien lo enterraron el 23, que es la fecha que se consignó como la de su fallecimiento. En cuanto al Bardo de Avon, sí que pasó a mejor vida un 23 de abril, también de 1616, pero según el calendario juliano vigente en la Inglaterra de la época, que se correspondería en realidad al 3 de mayo del calendario gregoriano en vigor ya en España en ese momento y aún hoy.

Tanto da. Cualquier día es bueno para conmemorar el libro. En realidad – al menos para aquellos que los precisamos –, todos los días son buenos para practicar esa aparentemente sencilla liturgia de abrir un libro y olvidarse entre sus márgenes – capaces de abolir las fronteras delimitadas por el tiempo y el espacio – para volver, redivivos y confusos, a este mundo tirano en el que tiempo y espacio constituyen, aquí sí, márgenes inexorables.

Y qué mejor manera de festejar la efeméride que ceder la palabra a quienes se sirven de ella para, letra a letra, construir estos artefactos prodigiosos. Así, durante los próximos cuatro días, traeremos a este blog las visiones, los anhelos, las pasiones, los desvelos, que los libros han provocado en varios escritores.

Quizás coincidan con los nuestros.

La palabra libro, por Sergio Pitol (escritor mejicano).

Sergio Pitol

La palabra libro está muy cercana a la palabra libre; solo la letra final las distancia: la o de libro y la e de libre. No sé si ambos vocablos vienen del latín liber («libro»), pero lo cierto es que se complementan perfectamente; el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres.

Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad, de la pequeñez. El libro afirma la libertad, muestra opciones y caminos distintos, establece la individualidad y al mismo tiempo fortalece a la sociedad y exalta la imaginación.

Ha habido libros malditos en toda la historia, libros que encarcelan la inteligencia, la congelan, y manchan a la humanidad, pero ellos quedan vencidos por otros, generosos y celebratorios a la vida, como el Quijote, Guerra y paz, las novelas de Galdós, todo Dickens, todo Chéjov, todo Shakespeare, La montaña mágica, el Ulises, los poemas de Whitman y los de Rubén Darío, Leopardi, López Velarde, Rilke, Pablo Neruda, Octavio Paz, Antonio Machado, Luis Cernuda, Gil de Biedma y tantísimos más que derrotan a los otros.

Si el hombre no hubiese creado la escritura no habríamos salido de las cavernas. A través del libro conocemos todo lo que está en nuestro pasado. Es la fotografía y también la radiografía de los usos y costumbres de todas las distintas civilizaciones y sus movimientos. Por los libros hemos conocido el pensamiento chino, griego, árabe, el de todos los siglos y todas las naciones. En fin, el libro es para nosotros un camino de salvación. Una sociedad que no lee es una sociedad sorda, ciega y muda.

Placeres de la lectura, por Alberto Manguel (escritor argentino).

Alberto Manguel

Mi biblioteca es una suerte de autobiografía. En la proliferación de anaqueles hay un libro para cada instante de mi vida, para cada amistad, para cada desilusión, para cada cambio. Jalonan mis años como esas piedras blancas que marcan la ruta de un peregrino. Una anotación en el margen, una mancha de café, un olvidado boleto de tranvía sirven para señalar antiguos aniversarios.

Mi placer en la lectura es aún más antiguo. Cuentos, leyendas, aventuras, las vidas ricas y arriesgadas del Capitán Nemo, de Sherlock Holmes, del Zorro Reinhardt y de Gatito, de Robinson Crusoe, de Pinocho, de Emilia y de Narizinho, y de tantos otros que conocí entre las cubiertas de un libro, fueron mías desde muy temprano. Dos aspectos de su lectura me deleitaban por sobre todo: saber la conclusión de sus viajes y poder olvidarla al abrir una vez más el libro. Uno de los encantos de la lectura, común en los libros y en los lectores de una cierta edad, es la repetición. Los teólogos han decretado que ni siquiera Dios puede volver a recorrer el pasado; este poder negado a todo Autor pertenece sin embargo a cada lector dispuesto a empezar nuevamente en la primera página de un cuento.

Placer del diálogo con antiguos iluminados, placer de la aventura extraordinaria. También, y no menor, placer de la experiencia indirecta, vivida por otro para nosotros solos. Vivir en el Londres de Dickens, en el Madrid de Galdós, en la Sicilia de Pirandello; asistir a los descubrimientos de Fabre y de Plinio: sentir la pasión de Medea, la desolación de Törless, la rebelión de Montag, la tristeza de Pelo de Zanahoria -ser, por un momento, quienes soñaron ser estas criaturas levemente inmortales-. Vivir lo imposible: perderme en el oscuro placer de las pesadillas de Bioy, de Stevenson, de Wells, de Silvina Ocampo, de Cortázar, de Tibor Déry, de Kobo Abe.

No hay remedio. La lectura no consuela. En cambio puede, misteriosamente, servir de espejo. En un verso de Blas de Otero, en un párrafo del Quijote, en las menos prestigiosas palabras de Emilio Salgari o Conan Doyle, algo -una imagen, una música, una idea- adquiere para un determinado lector la calidad de traducción de una sensación precisa, de una intuición, una ocurrencia. El regreso de Ulises, la muerte de Melibea, el curioso martirio de san Manuel Bueno, la pasión de Clarisse en Esplendor de Portugal, la apenas comenzada vida de Tristram Shandy, las decorosas listas de Sei Shonagon, son algunas de esas páginas en las que he encontrado, repetidamente, el reflejo de mi experiencia. María Elena Walsh escribió hace muchos años un poema cuya conclusión dice así: ‘Y si alguna vez te desespera / un gran silencio, es el silencio mío’. Basta leer esto para no sentirme solo.

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